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Pasión Colegial (Cap. 11)


Faltaba un día para que llegase el mes tan esperado en el que Santiago podría volver a hablarle a Fernanda como si recién fuesen a conocerse y Santiago sentía explotar de alegría; aparte de eso sentía mucho alivio, ya que su amigo Armando había estado molestándolo con respecto a por qué razón no le hablaba a la Fresy, y Santiago no podía admitirle a su amigo que se había enamorado de ella, aunque estaba por hacerlo.



Justamente ese día después de haberle hecho la misma pregunta, Armando empezó a contarle a Santiago lo bien que iba con Cristina y después le advirtió que se apresurara con Fernanda, ya que tras haber consumado su propósito de acostarse con Cristy estaba pensando en empezar una nueva conquista con otra chica, y eso quizá significaría que Cristina haría que Fernanda y Santiago no se hablasen nunca. Sin embargo, Santi sentía seguridad en que esta vez las cosas iban a salir bien con Fernanda; todos los ratos libres y los días sin clases había estado planeando lo que haría con ella el mes que se aproximaba y con todo lo que había logrado planear podía casi apostar la vida a que ella sería suya para siempre.
- Es enserio loco – le recalcaba Armando cuando salían del colegio y se dirigían a casa de Armando – voy a terminar con Cristy y si se te friegan los planes después no será mi culpa
- Mirá loco, si vas a terminar con ella, termina, pero no me digas que me apure porque con esta maje voy diferente, me atrevo a decir que enserio – respondió Santiago con tono serio, mirando fijamente los ojos de su amigo
- ¿enserio? – exclamó Armando sorprendido – te enamoraste maje! Estás clavado loco, hoy si te amarraron – decía entre risas burlonas Armando – sos una ovejita que va fijo al matadero
- Si loco, pero es que esta tipa vale la pena
- Pff! Claro, ahora entiendo por qué no le diste bola a peli-roja de la vez pasada y tampoco fuiste a bailar esta semana. Lo que no entiendo es por qué no le hablas si estás reclavadísimo de ella, y al parecer ella de vos.
- No me entenderías loco, pero cambiemos de tema, ¿cómo quedó el partido ayer?...

A paso lento entre largas pláticas llegaron a casa de Armando y estando allí Santiago llamó a sus padres para avisarles que pasaría allí esa noche. Santiago supuso que sería buena idea contarle todo el rollo a su amigo y después de hacerlo pidió sugerencias de cómo podría ser la forma perfecta de empezar a hablarle nuevamente a Fernanda, pero Armando no le daba las mejores ideas
- Podes hacer como en las películas – decía Armando quien estaba sentado en el ordenador de escritorio que tenía en el cuarto, mientras Santiago estaba acostado en la cama usando el celular – algo típico como pasar a la par de ella, botarle la mochila y después ayudarle a levantarla
- Eso sería muy brusco, no creo que sea buena idea
- ¿y si te presento con ella?
- No, eso sería repetir lo de la primera vez
- Podés derramar su bebida y después disculparte, siempre funciona
- Nombre, eso funcionaria si lo que quisiera es alejarla – así estuvieron buen rato en una lluvia de ideas que Santiago rápidamente descartaba.

Cuando terminó la noche para dar lugar al inicio de mes, el sol había traído consigo una idea excelente a la mente de Santiago, fue casi como un regalo de la vida. Tras haber tomado a bien con Armando que no anduviesen juntos en el colegio, Santiago se fue más temprano de lo normal al colegio para ver cuando llegase Fernanda. Cuando por fin llegó ella e iba hacia el salón de clases, Santiago empezó a caminar varios pasos delante de ella simulando meter algo en su cartera para después dejarla caer intencionalmente cuando aparentemente se disponía a meterla en la bolsa trasera del pantalón.
- Disculpa – gritó Fernanda mientras se agachaba a recoger la cartera y después apresurar el paso para alcanzar a Santiago – se te cayó la billetera – le dijo extendiéndola en su mano para dársela cuando Santi se detuvo y se volteó
- Oh! – exclamó él con cara de alivio – muchísimas gracias, no te imaginas de lo que me has salvado
- No hay problema - dijo ella dispuesta a seguir caminando mientras Santiago iba al par de ella
- Mucho gusto, me llamo Santiago, ¿eres nueva por aquí? – dijo él recordando que debían hacer como que no se conocían
- Igualmente, yo soy Fernanda, hace poco nos mudamos aquí, no conozco muchas personas
- Genial, te invito el almuerzo hoy en el receso, ¿qué dices?
- No lo sé, almuerzo con mi amiga, no sé si quieres que almorcemos en grupo
- No creo que le haga daño comer sola, o podría apostar que conoce a alguien más; ¿qué dices si mejor solo tú y yo?
- Déjame comentarlo con ella, en la clase te doy la respuesta
- Perfecto – concluyó Santiago y se separaron.

En el transcurso de la clase Fernanda le dio la respuesta afirmativa a Santiago, confirmando que almorzarían solo ellos dos.

A la hora de receso almorzaban juntos en la cafetería y como grandes actores de Hollywood sabían disimular que no se conocían y que apenas lo estaban haciendo. Se preguntaban cosas que ya sabían de ellos y también otras cosas que no sabían aun. Se reían entre pequeñas bromas y comentarios difíciles de no hacer, en especial para Santiago; los minutos se convirtieron en segundos y pronto debieron volver a clases.

Como si la vida empezara a ponerse de lado de Santiago, el maestro organizó varios grupos para que trabajasen en exposiciones y a Fernanda y Santiago les tocó en el mismo equipo de trabajo. Al finalizar las clases todos los grupos empezaron a ponerse de acuerdo acerca de cómo y en qué lugar se reunirían para trabajar, y el grupo de Santiago concluyó que trabajarían en las tardes después de clases en la casa de Lucía, una compañera que vivía a mitad de camino entre las casas de Santiago y Fernanda; nada podría estar mejor.

Para terminar de aprovechar su suerte por ese día, Santiago le preguntó a Fernanda que si podía acompañarla a su casa, y ya que no irían a traerla sus padres ese día entonces ella aceptó. Mientras iban caminando por la calle no podía faltar ver juntos a Armando y Cristina, quienes no hacían mala pareja, por lo que Santiago comenzó a pensar en decirle a Armando que no la dejara, pero en ese momento no debía pensar eso; iba caminando con Fernanda y debía aprovechar. Pasaron por una tienda de helados y Santiago no ofreció ni preguntó si le apetecía un helado, solamente le pidió a Fernanda que esperara y fue a comprar dos. Volvió, le dio uno a ella y continuaron. Poco después llegaron a una casa protegida por un muro grande que tenía un gran portón de madera del tamaño suficiente para que pasaran dos camiones a la vez, y un portón pequeño para que pasase una persona; también habían tres cámaras de seguridad: una en cada esquina del muro y otra en los portones de acceso. Debido al muro no podía observarse cómo era todo por dentro, aun así Santiago se sintió algo opacado de saber que allí vivía su pretendienta, pero su ego le impidió que bajase su autoestima y no mostró ninguna reacción de asombro.
- ¿quieres pasar? – Preguntó ella
- No – respondió Santiago asustado por la pregunta – me daría miedo hablar con tus padres
- Solo está mi madre, mi papá llega tarde
- Mejor otro día, cuando ande sin este uniforme
- Está bien – respondió ella y se despidieron.

Cuando ella abrió la puerta para entrar a la propiedad, Santiago miró disimuladamente y con lo poco que vio parecía un paraíso allí dentro; tan solo miró un jardín bien arreglado, una piscina y la casa que parecía toda de vidrio. Había pasado por ese lugar más de alguna vez antes, pero nunca había tenido la oportunidad de ver lo que ocultaban los muros. Cuando Fernanda entró y cerró la puerta, Santiago dio media vuelta para regresar. Después de caminar media cuadra, no habían personas caminando, solo autos iban y venían paulatinamente; ya empezaba a anochecer. De repente se detuvo una camioneta grisácea con vidrios polarizados a la par de él, no le tomó importancia hasta que se abrió la puerta del copiloto y se bajó un hombre fornido vestido formalmente de negro, traía gafas oscuras y una mini uzi en sus manos.
- No corras – dijo el tipo con una voz aguda que infringía miedo
- ¿qué sucede? – preguntó Santiago con algo de miedo
- Sube al auto rápido

Quizá las películas de acción que había visto le ayudaron a mantener la calma y disimular el miedo que sentía. Sin más palabra subió a la parte de atrás del auto, en el asiento detrás del copiloto. Dentro del auto habían dos hombres más, el conductor y otro hombre que estaba en el asiento a la par de Santiago. Solo el tipo que estaba a la par de Santiago vestía diferente, formal, pero con traje azul oscuro. Cuando el tipo que bajó y Santiago estaban ya en el auto, el conductor arrancó el auto e iba despacio en la dirección que iba Santiago.
- ¿Sabes quién soy yo? – preguntó a Santiago el hombre que estaba a la par, con una voz menos atemorizante que la del tipo armado
- No señor, no lo sé – respondió Santiago con tono nervioso, cosa que no era de extrañarse ya que su rostro delataba que estaba asustado, pero no tanto como en realidad lo estaba.
- Tú eres Santiago, ¿correcto?
- Así es señor
- Relájate muchacho – decía con tranquilidad el tipo – no te haremos nada, solo quiero platicar contigo. ¿Qué te traes con esa chica?
- ¿Con qué chica? – respondió Santiago mientras su cerebro procesaba que se refería a Fernanda, pero quería estar equivocado
- Con la que acabas de ir a dejar, ¿qué sabes de ella?
- Con todo respeto señor, no puedo contestar a lo que me pregunta
- ¿y si te digo que de eso depende tu vida?
- Con todo respeto señor, para morir nacimos todos, ni usted ni yo somos la excepción
- Me agradas muchacho – respondió el hombre entre risas – solo quita el repetitivo con todo respeto señor, con una vez es suficiente. – luego tocó el hombro del conductor para decirle que se detuviera y después volvió a mirar a Santiago – puedes bajarte muchacho, sigue así; ya tendremos la oportunidad de conocernos bien en una mejor ocasión. – Dicho eso, Santiago abrió la puerta del auto y cuando iba a cerrar la puerta le dijo el hombre – sólo una cosa más, no le comentes esto a nadie; tengo oídos en todas partes.

Santiago cerró la puerta y el chofer arrancó el auto a la misma velocidad que venía. Santiago miró alrededor y supo que estaba a una cuadra de su casa, luego caminó hasta llegar y no le contó lo sucedido a nadie; ni siquiera a su amigo Armando.

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